Caniba - Lucien Castaing-Taylor, Verena Paravel, 2017


-DIRECTOR: Lucien Castaing-Taylor, Verena Paravel
-GUIÓN: Lucien Castaing-Taylor, Verena Paravel
-TÍTULO ORIGINAL: Caniba
-AÑO: 2017
-DURACIÓN: 90 min.
-PAÍS: Francia
-FOTOGRAFÍA: Lucien Castaing-Taylor, Verena Paravel
-REPARTO: Issei Sagawa
-PRODUCTORA: Norte Productions




Caniba es un documental que mis retinas nunca olvidarán. Para verlo es necesario entrar en la idea cinematográfica tan personal que sus realizadores Lucien Castaign-Taylor y Verena Paravel (autores del galardonado documental Leviathan) plantean al espectador, esta vez con una historia verídica sobre un caníbal japonés que se comió en 1981 a una estudiante holandesa de 25 años (Renée Hartevelt). Y en caso de no implicarse, le ocurrirá lo mismo que les ocurrieron a otros espectadores durante la proyección de la película en el cine Tramuntana de Sitges, que es el abandono masivo de la sala a los 10 primeros minutos de película. Yo me quedé hasta el final como un campeón.

La biografía del caníbal se puede encontrar fácilmente en Internet, por lo que no me voy a extender en este campo. Solo comentar que, debido a las influencias de su padre, el caníbal Issei Sagawa consiguió quedar en libertad, y hoy vive como un vagabundo por los suburbios de Tokyo. La película documental pretende hacer una aproximación íntima del caníbal, que a través de una voz en off que le pregunta cosas a Issei iremos conociendo la oscura humanidad del personaje, alguien que no se arrepiente de lo que hizo, y que con sus respuestas el espectador puede ahondar en el asesinato y acto caníbal, además de su pasado y presente. Un documental que quiere abarcar mucho, con buenas intenciones, y que sería de gran interés si no fuera por el tipo de realización aplicado por sus responsables, que es capaz, solamente, de crear una barrera con el público. Es muy incómodo de aguantar Caniba, y aquí, querido lector, es donde me saldrá la bilis por la boca.


Caniba es una vergüenza en todos los sentidos. Es carne de festival de cine de arte y ensayo, cine que busca experiencias nuevas, pero que en el fondo no dejan de ser nuevas fórmulas que experimentan con la paciencia del público, y lo siento, pero para mí el cine es otra cosa. Considero que de los 90 minutos de metraje, al espectador no se le puede torturar con un primer plano de la cara de Issei durante los primeros 30 -poca broma-, y que solo sufre variaciones a base de unos injustificados y constantes desenfoques (hasta el póster está desenfocado ¿?). Entre medio hay silencios de hasta 3 minutos, y diálogos que piden un empujón a ver si salen con más ritmo de la boca de Issei Sagawa, y que en su conjunto es un verdadero atraco a mano armada a todo aquél que paga una entrada de cine. La idea de sus responsables es crear un documental muy intimista, amoral, incómodo de aguantar del mismo modo que lo es su contenido, pero lo cierto es que se hace aburridísimo y no se muestra en ningún momento ameno con el espectador. Solo el recuerdo del asesinato y acto caníbal explicado a través de un cómic que el mismo Issei dibujó -y él mismo cuenta-, aporta originalidad y buen hacer, y que además junto con la risa que puntualmente se puede oír de Issei mientra narra la historia de su acto caníbal, incluso se hace inquietante la escena. Pero solo es ese momento el único plausible del documental, el resto es una verdadera tortura para el espectador.

Posteriormente hay una escena pornográfica que nadie entendió -con su censura japonesa, claro- en que se ve a Issei en su juventud junto con una fulana practicando sexo..., o bien, más que sexo, una lluvia dorada mientras él se masturba. También hay alguna escena dura, de autolesiones por parte de Issei a base de cortes y picotazos de cuchillos en su brazo, y que no son ficción, sino que son autolesiones reales con sangre incluida, en lo que serían los únicos minutos que la película invita al espectador a apartar su mirada. U otros minutos en que tiene una conversa Issei con su cuidadora, una cuidadora con pinta de actriz porno. Para acabar, finalmente, volviendo de nuevo al fastidioso primer plano de la cara del caníbal. Todos estos momentos en que ya hay una variedad en la narrativa del documental, hay que reconocer que todo se vuelve más curioso y hasta invita a seguir viendo Caniba a ver qué más cosas extrañas puede llegar a mostrar. Pero el chip del espectador ya es otro, porqué acepta que está ante algo muy distante a él, y que si ha aguantado esos primeros 30 min. de metraje con el dichoso primer plano, es que tiene capacidad para terminar la película.


¡Y finalmente el documental termina con un karaoke! Tal cual. No es un broma. Caniba termina con un karaoke a ritmo de música pop, en que se ven las letras en pantalla marcadas con rosa fosforito como si de un anime para chicas se tratara, mientras se va indicando al espectador la velocidad vocal que debe tomar para así lograr cantar la canción correctamente. Un chiste. Un chiste que no tiene nada que ver con ese rollo intimista del resto de la película, pero bien, la sala del Tramuntana estuvo más que feliz llegando incluso a corear el ritmo de la canción con aplausos, en lo que no se puede considerar como otra cosa que un premio al público por terminar de ver la película. Al final, algo tan mediocre como Caniba, o te lo tomas a broma o acabas de mala leche. Vale la pena tomársela a broma, yo incluso repetiría con los amigos para así trolearles durante 90 min.

Caniba es un ejemplo de lo que nunca debería ser el cine.


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